Kike Avelleira
Sin clientes, sin haber estudiado fotografía, sin nadie que le conociera en la industria. Así se gastó Kike todos sus ahorros en un año de viajes internacionales para acabar con doscientos euros en el banco. Y por qué salió bien.
Sin clientes, sin haber estudiado fotografía, sin nadie que le conociera en la industria. Así se gastó Kike todos sus ahorros en un año de viajes internacionales para acabar con doscientos euros en el banco. Y por qué salió bien.
Sin escuela, sin venir del deporte, sin haberse planteado nunca dedicarse a esto. Así construyó Albert Gallego una carrera fotografiando ciclismo para marcas, y así consiguió que Instagram cerrara la cuenta de quien le robaba las fotos.
Sin vocación, sin escuela, sin haber tocado una cámara antes de los treinta y dos. Así pasó Abel Castro de comprarse una cámara por accidente a vivir de la fotografía en dos años.
Sin exclusividad, sin un solo cliente que le sostenga. Así reconstruyó Diego Souto su carrera cuando el periódico que le daba casi todo su trabajo pasó de cuarenta encargos al mes a uno.
Sin poner un euro, sin imprimir a ciegas, sin stock. Así publicó Ignacio Izquierdo su libro de fotografía sobre Filomena, con la financiación cubierta en 24 horas.
Sin dejar su carrera anterior, sin saltar al vacío, sin depender de la cámara para pagar el alquiler. Así construyó Haidé Costa una carrera de fotografía ecuestre mientras seguía dirigiendo su empresa jurídica.
Sin clientes, sin presupuestos, sin negociar con nadie. Así construyó Enrique Pacheco un negocio de fotografía de timelapse vendiendo stock y pagándose él mismo todos los viajes.
Sin fotografía deportiva, sin moda al uso, sin haber mandado nunca un email frío que funcionara. Así creó Pablo Alzaga un nicho propio en el cruce entre el fútbol y la moda, trabajando hoy con Adidas.
Sin laboratorio abierto en su ciudad, sin blogs en español sobre el tema, sin nadie más peleando el nicho. Así construyó Chechu una comunidad mensual de formación en fotografía analógica desde Jerez de la Frontera.
Sin prisa, sin dar el salto de fe hasta los cuarenta. Así construyó Óscar Santiago una productora de contenido integral para marcas de deporte tras quince años de goteo previo.
Sin estudios de cine, sin contactos en plataformas. Así construyó Tamara Arranz una carrera de quince años en foto fija fotografiando para Netflix.
Sin contactos, sin portfolio, sin haber dirigido jamás un rodaje. Así llegó Víctor Bensusi a fotografiar campañas internacionales con 35 años recién cumplidos.
Sin Instagram, sin venta agresiva, sin esperar al algoritmo. Así construyó Javier de la Torre un negocio de fotografía de paisaje sobre una newsletter diaria.
Sin grabar el skate que amaba, sin perseguir grandes clientes. Así construyó Lars Goos su carrera de videógrafo.
Sin talento, sin contactos y echado de su primer trabajo en una semana. Así llegó Xavi Gordo a fotografiar a Julia Roberts.
De electricista a dirigir quince personas en Marisquiño. Así construyó Ángel Zorraquino la productora audiovisual Hype.
Sin vivir solo de la fotografía, sin medio grande detrás, sin esperar retorno inmediato. Así construyó Alba Pardo una carrera entre dos lados del oficio.
Sin estudiar Fotografía, sin pisar a su maestro, sin perseguir seguidores. Así construyó Borja de la Lama su carrera en la fotografía de moda en Madrid.
Sin contactos, sin idioma y sin clientes. Así construyó Michael Chiaretta una productora de 18 personas en Alemania.
Dejó la ingeniería sin saltar al vacío y hoy vive de la fotografía en cinco frentes paralelos. La historia de Juan Pablo de Miguel.
Sin escuela, sin web, sin mirar a la competencia. Así construyó Sebas Romero una productora que trabaja para Ducati y MotoGP.
